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Cuarto concurso de cuento corto: LA PUERTA EN EL LAGO



LA PUERTA EN EL LAGO

En una cabaña retirada de la ciudad Yélupra, residen los Lashbrook. Leticia y Fernando son los padres de Oriana, Ariana y Cooper, el hijo menor. Él escribe mucho cerca del lago Lemán. Su padre quiere que continúe con el negocio familiar cultivando plantas medicinales y anhela que descubra curas de enfermedades. Cooper se siente presionado por el deseo de su padre.

Una noche, mientras la familia Lashbrook cenaba, Fernando hizo entrega a Cooper de un libro sobre plantas medicinales diciendo:

Hijo mío, te entrego este libro depositando en ti la esperanza y futuro de esta familia.

¡No tienes derecho a darme tan gran responsabilidad! — respondió Cooper.

Se instauró un incómodo silencio que terminó con el azote de la puerta principal al Cooper marcharse.

Era media noche y Cooper se había quedado meditando en el lago Lemán. Cuando decidió regresar a casa, vio un brillo en el lago. Una puerta con marco de metal y perilla de oro emergía desde el centro.

Curioso por abrirla, se preguntaba cómo podía una puerta estar flotando y parecer tan estática a la vez, pero una vez tuvo contacto con el agua se dio cuenta que era sólida y caminó hasta ella. Admiraba la majestuosidad con que fue diseñada y los ruidos que emitía. Al abrirla, un fuerte brillo lo abrazó y arrastró. El brillo se iba desvaneciendo y poco a poco Cooper lograba ver. Veía sombras de seres muy altos, con grandes sombreros y manos extremadamente largas. Era un lugar muy amplio con muchas paredes grises.

Cooper se acercó a unas sombras e intentó hablarles, pero estas no respondían. Las sombras señalaron un bote de pintura y una brocha. Intuyó que ellas querían que pintara las paredes y eso hizo. Las sombras bailaban y Cooper se sentía libre con cada trazo que daba.

Siendo las 3 de la mañana, Cooper se acordó de su familia y lo preocupada que debía estar. Se despidió de las sombras y estas parecían insistir en que se quedara, pero la preocupación de Cooper lo obligó a salir.

Cooper llegó a su casa empapado y temblando. Su preocupada madre cambió sus ropas y metió en cama mientras su padre solo observaba.

Amaneció y Cooper le pidió a su madre que lo acompañara al lago. Ella aceptó. Llegaron al lago pero no había ninguna puerta.

Más tarde, Fernando y Cooper salieron a caminar. Discutieron la obligación familiar que Cooper debía asumir. Cooper expresó su nuevo gusto por la pintura y lo incapaz que se sentía de seguir con el negocio familiar. La desilusión tornó en azul los ojos de Fernando y la furia tomó control de su lengua haciendo sentir a Cooper culpable de existir.

Cooper se fue corriendo a casa y se encerró en su cuarto. Allí pasó todo el día, escribiendo y dibujando en su libreta.

Llegó la media noche. Cooper contemplaba la ventana de su cuarto pensando en las sombras. Reflexionando entre escaparse o no, Cooper se dio cuenta que su destino ya estaba escrito y por más que escribiera, no podría cambiarlo. Salió por la ventana hacia el lago Lemán y vio que la puerta ya estaba sobre el agua sólida, corrió hasta ella y entró.

Las sombras fueron llegando a darle la bienvenida. Él se sintió feliz y preguntó por qué la puerta no estaba cuando vino con su mamá. Mediante señas, las sombras le hicieron entender que solo él puede verlas. Claro, las compañías nublan la vista.
Cooper siguió pintando paredes y luego se puso a escribir.
Una sombra le señalaba a Cooper su delgada muñeca en la única pared gris que quedaba. Un grupo de sombras fue llegando a esa pared hasta el punto de no distinguirse ninguna de ellas. Cooper estaba muy concentrado escribiendo que no notó lo que sucedía.

Al otro día, la familia Lashbrook se dio cuenta que Cooper no estaba y desesperados salieron a buscarlo. Leticia fue directo al lago Lemán, donde encontró la libreta de su hijo flotando en la cual se alcanzaba a leer: ‘Las sombras son grandes amigas, lástima que no todos las puedan ver, pues solo yo puedo entrar a su casa, un lugar el cual yo llamo Esquizo’.

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