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VI Concurso de Cuento Corto: EL OBRERO

 



Diego Cobo Domínguez se levantó ese día con guayabo y melancolía, eran casi las cinco de la mañana y el cielo aún se veía pesado y grisáceo, debía ir al trabajo. Diego trabajaba ahora como volquetero para una constructora, en tiempos de juventud trabajaba como mecánico o taxista.


Su esposa no lo atendía en las mañanas posteriores a sus borracheras, pues Diego al tomar demasiado empezaba a afligirse por su miserable vida de obrero, y echaba la culpa de algunos días oscuros y aburridos a su esposa.


  • ¡No sabes que desayuno me gusta, todo contigo es monótono e infeliz, tras de misero obrero, tengo una esposa insensible y estúpida!”, decía Cobo gritando.


Si mucho quien a veces lo atendía en las borracheras era su hijo Nico, estudiante de la Universidad del Valle, que escuchaba sus lamentos con indiferencia y ternura. Nicolas, como la mayoría de los estudiantes, profesionales o académicos, le era indiferente el mundo de la calle y el mundo de un obrero. Para él, como para mucha gente estudiosa y estéril a veces le era difícil comprender como un trabajo rutinario doblega el alma de los hombres.


  • Tú tienes tu punto de vista y yo el mío”, decía Cobo enojado cuando Nico objetaba una idea.


Ese día nadie se levantó ni a saludarlo ni a hacerle el desayuno, sus hijos también apoyaban a su madre en desaprobar esas actitudes machistas e infantiles.


Diego no se bañó, se cambió la ropa, se cepillo, y agarró resabiado la maleta donde equipaba sus licencias, herramientas y papeles.


Apenas salió de la casa se sintió aliviado y triste, debido a que por fin estaba solo sin ojos que lo acusaran y desaprobaran, pero ahora su familia estaba molesta con él.


Se persignó haciendo la cruz vagamente y salió al ruedo a la calle que ahora se despejaba traslúcidamente.


Miró de lejos un cartel de Petro, que había ganado la presidencia, y se sentía un poco triunfal. Solo un poco, pues detrás de cada supuesta lucha colectiva estaba la lucha individual, la del hombre fatigado, solo y quebrantado.


Saludó amablemente al doctor y al abogado, amigos íntimos de la cuadra y les agendó una cita ahí mismo para ir a tomar café más tarde, pasó la calle en dirección hacia los almendros y cogió la ermita.


En la Ermita pagó y se sentó cómodamente en la parte de atrás, aliviado de lo “vacío” que estaba.


De pronto empezó a dominar su sueño con todas las fuerzas que un odioso e ignominioso Dios podía otorgar.


En la silla de al lado había un hombre que parecía dormido, este llevaba encima de su cuerpo rucio y mulato un pantalón patprimo café, una guayabera blanca y sucia y un sombrero de ala ancha roto, en su aura se sentía lo extravagante y neurótico.


A diego no le interesó, para quien anda regularmente la calle de Cali aquella situación sacada de los vómitos de Macondo y las canciones de Blades era algo natural y típico.


El viejo de sombrero de ala ancha no estaba dormido, parecía mirar a Diego por el rabillo del ojo izquierdo. Diego se percató al instante.


De repente, volteando su cara morena, desgastada y amenazante, sacó una navaja del bolsillo de su patprimo y atacó a Diego.


Este lanzó la navaja a la garganta de Diego de forma opresiva e iracunda, pero Diego con una fuerza medida por años de trabajo pesado y constante sostenía la navaja evitando que esta se introdujera en su cuello completamente, la sangre empezaba a derramarse caudalosa e hirviendo, como Diego la sentía. De repente el conductor se dio cuenta y giró el carro asustado, lanzando la suerte al aire.


El atacante cayó en los sillones delanteros.


Diego que se cubría la garganta con la mano sangrante sostuvo la navaja con ojos endemoniados y una fuerza revitalizada y la clavó en la espalda del mulato malnacido. Luego, pateó su espalda bruscamente bus afuera. El atacante fue arroyado por un camión, fracturándose el cráneo letalmente.


Diego aún sentía la sangre correr como un caudaloso río, como el río Cauca de su Juanchito natal. Diego ya no deseaba ir a trabajar, extrañaba mucho a su familia.



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