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VI Concurso de Cuento Corto: Un viaje a la vida



Santiago no podía creer lo que sus ojos veían. Frente a él, una taza humeante de una riquísima sopa y a su lado, un plato lleno de arroz, pescado y plátano tabasco. Aquello lo dejó atónito. Su hermano Marco se hallaba devorando todo con prisa, probando un poco de allí y de allá. este no lo pensó, para él también era sorprendente aquello; desde que tenía memoria, nunca habían comido un buen bocado de comida, todo se limitaba a sobras de los restaurantes y algún buen pedazo de pan que les brindará la gente.


Santiago recordaba escasamente lo ocurrido el día anterior. Su memoria vagaba en él y Marco sentados en la playa, mirando el mar y pensando en otra cosa que no fuera su estómago y el de su hermano sonando al unísono. De la nada, una señora de tez morena se situó frente a ellos, al principio solo vieron sus pies descalzos, pero cuando alzaron sus cabezas observaron su extraña vestimenta. Con bufanda, abrigo, vestido largo y un turbante acompañado de un sombrero de vaquero, desencajaba con la oleada de calor intenso que azotaba la isla para ese mes.


Ellos no solían confiar en nadie, vivir en la calle los dotó de habilidades para sobrevivir. Antes, cuando Santiago tenia siete años y su hermano cinco, vivían en un hogar de paso con otros niños, sin embargo, tuvieron que huir por los maltratos y abusos. Ahora, los hermanos con trece y once años dormían cerca de la playa y se protegían de cualquier amenaza. Aun así, la señora extraña y misteriosa frente a ellos, inspiraba tranquilidad y hospitalidad, lo que los hizo irse con ella.


Con el pasar de los días se sentían más cómodos, una especie de gratitud y esperanza brillaba en sus ojos con cada plato de comida. Incluso, pasado dos meses, todo resultaba tan irreal que se pellizcaban entre ellos mismos para despertar. Todo seguía normal. Ayudaban a aquella mujer con lo que necesitaba, no entendían el porqué de su amabilidad, pero tampoco la reprochaban. Su vestimenta era rara todos los días, ni siquiera conocían su nombre y de igual manera, tampoco insistían, por lo que lo que continuaron con su “gracias”, “por favor”, “¿necesita ayuda?”, algo muy impersonal.


Al mes siguiente, todos los días fueron raros. La señora extraña salía en las mañanas con Marco y volvía con él pasada la noche, a tal punto que su hermano mayor solo lo veía para dormir. Santiago trato de levantarse más temprano para interrogarlo, pero era en vano, ya no estaban. Pese a esto, no sentía preocupación, más bien lo abordaba una especie de suma tranquilidad. Únicamente, se dedicaba a realizar sus deberes en la mañana y en la tarde se recostaba en el patio de la casa a recibir el viento cálido sobre sus parpados y el húmedo césped en su piel.


¿Así se siente la paz? — Se cuestionaba.


En una ocasión se encontró con su hermano al despertar y este solo le sonrió y le dijo afablemente:


Ya me voy, Santi. Tal vez nos veamos después. Ella también vendrá por ti— Depositó un beso en la frente de su hermano y se marchó.


Santiago no emuló palabra alguna, de cierta manera lo sabía, su camino era corto. Así fue, una tarde la señora extraña se acercó a él irrumpiendo los rayos del sol, tendió la mano y el la agarró. Caminaron hasta llegar a la playa, lo recostó en la arena, cerca de la orilla, hizo cerrar sus ojos y muy suavemente le susurro:


Es hora Santiago, ve tranquilo.


***


Las noticias estaban desbordadas del mismo titular: “El segundo niño migrante encontrado en playas mexicanas acaba de despertar”.


¡Híjole!, el mundo entero anda todo loquito con esa noticia— habló el señor gordo detrás de la barra.


Como no compadre, si ese chamaco llevaba 2 meses en coma — dijo melancólicamente un hombre delante de la barra—. Harta agua debió tragar él y su hermano.


Detrás de ambos, a unas mesas de distancia, una bella mujer sonreía mientras bebía una fría cerveza. Aunque su vida estaba en peligro por haber robado dos almas a la muerte, inhalaba tranquilamente la victoria.


Fin.



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