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VI Concurso de Cuento Corto: Una segunda oportunidad


Llegué al bar a eso de las doce, con mucho sueño y las botas llenas de barro. En mi fuero interno creí haberme lavado bien las manos y las salpicaduras del rostro. Estaba equivocado, pude comprobarlo por cómo me miraron al entrar. Alrededor mío se hizo un silencio profundo, como el de los cañaduzales en la madrugada. Me senté en un rincón de la barra impregnado por un intenso hedor a orina seca. Un mesero de unos quince años, con apenas unos pelillos en la barba se acercó a mí. Sostenía una jarra de cerveza en sus manos temblorosas y mientras intentaba limpiarla con un trapo sucio y roto, me preguntó si quería beber algo. Sentí pena por él, el miedo es un sentimiento natural, a mí mismo, antes de hundir la pala en la tierra, me vacila el pulso. «Soy carnicero», le dije como si así pudiera convencerlo de mi inocencia. Ni si quiera un niño podría creer una mentira como esa, pero él sí y eso le ayudó a recuperar la tranquilidad. Por fin me miró a los ojos, eran negros y profundos, igual a los de la ella, si no supiera que era hija única lo habría tomado por su hermano o algún familiar cercano. Le pedí una cerveza. Antes de que pudiera sacar mi billetera ya la había puesto ante mí, con una expresión triunfal, feliz de su eficiencia. Me bebí la cerveza sin prisa, dando miradas a mi alrededor de vez en cuando, entonces ya presentía que por fin había llegado mi final y por una razón misteriosa, pensarlo me producía cierta felicidad.


De pronto, cuando me preparaba para salir, escuché gritos que provenían de una pequeña puerta detrás de la barra, por donde se llegaba a una cocina estrecha y mal iluminada. Luego se escucharon golpes, madrazos y el gemido inconfundible de los platos al romperse. Una mujer gorda, envuelta en un vestido barato y deslucido apareció de repente, con las mejillas rojas por el alcohol. Dando tumbos vertiginosos atravesó la pista de baile y penetró como pudo en la pequeña cocina. La discusión se hizo aún más salvaje, hablaban en un idioma desconocido para mí. Escenas como está parecían frecuentes en el lugar, a excepción de mí nadie lucía sorprendido. En las mesas se seguía bebiendo, jugando a los naipes y riendo como si nada.


No era mi problema, además no tenía motivos para continuar allí. Me di la vuelta, caminé hasta la puerta, pero antes de salir, en un espejo empotrado en la pared, pude ver reflejados los ojos del mesero; luchaba por deshacerse de los brazos de la mujer, quién lo sujetaba fuerte mientras un señor de aspecto sombrío, calvo y con una barba hasta el pecho, lo golpeaba en la cabeza con una escoba. Quizás era culpable y lo castigaban con justificación, no puedo afirmar nada al respecto, tampoco podría explicar por qué me metí en la pelea buscando defenderle. En resumen, salté encima del hombre calvo, bastante más alto que yo, a lo sumo mediría unos dos metros. Lo agarré por el cuello e intenté quitarle la escoba sin éxito. Me tiró al suelo con mucha facilidad y me dio una patada tan fuerte en la cabeza que perdí el conocimiento. Cuando desperté, el mesero estaba inclinado ante mí y me daba leves golpecitos en la herida con una servilleta mojada en agua tibia. No podía hablar, me dolía mucho la mandíbula, además tampoco tenía nada por decir. Por lo visto, se ensañaron con él después de haberme noqueado, tenía varios morados en todo el rostro y su ceja izquierda estaba muy hinchada, al verla no pude contenerme y se me escapó una pequeña sonrisa que él me contestó con otra igual de sincera. Detrás suyo el hombre calvo, presuntamente el dueño del lugar, hablaba por teléfono en un español mecánico, mientras daba grandes pasos de un lado a otro, moviendo las manos con furia. Al poco tiempo llegó la policía y el resto es historia. En la estación acabé por confesar todos mis crimines, lo hacía por inercia, por amor, no sé a quién ni por qué, pero estoy seguro de haberlo hecho por amor.



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