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VI Concurso de Cuento Corto: Que hacer con ellos

 


Con la mirada algo perdida se preguntaba, ¿qué hacer con la literatura?, ¿qué hacer con esos libros que tenía?, después de varios días por la carretera, Enrique ya sentía el peso desgastante en sus hombros, la mochila solo llevaba libros, de todos tamaños y texturas, dignos viajeros exiliados desde la frontera con Venezuela. Con el sol calentando las suelas de los zapatos también se dio cuenta de que no había marcha atrás, no podía dejarlos allí solamente, debía alimentarlos, dotarlos del poder de la lectura, leer tampoco sabia muy bien, no conocía esos libros, tampoco se le daba escribir, aunque si sabía de las técnicas de la calle, un buen performance de su voz, algunas piruetas, unos bailes y comía con la mochila pesada.


Enrique no se animaba a verlos detenidamente, desde que los encontró tirados en San Antonio, Táchira, solo supo que debía llevarlos, nadie más los quería, ni allá, ni acá, por eso simplemente no los ofrecía, se sentaba al borde de la acera y meditaba, ¿qué hacer con ellos? ¿qué literatura querrán los letrados? En las librerías tampoco los querían, Enrique se lavaba un poco la cara, se acomodaba un poco la camiseta, entonaba su acento costeño, pero aun así los libros seguían allí, en la mochila, amontonados, acurrucados unos a los otros y esperando el llamado. Le daba miedo leerlos, porque pensaba que lo harían ver tonto y terminaba el día durmiendo en la calle, cuidándolos, pero sin hablarles, sin tocarlos.


Ni las lluvias ni los calores le hacían caer en razón, permanecía en los semáforos viendo su reloj, era lo único nuevo que cargaba, el regalo de su única sobrina, la muerta por la violencia, la olvidada tanto allá cruzando la frontera como en estos lados. Prefería entonces quitarse las lágrimas rapándose la cabeza, secarse con los vientos duros, los tiempos duros donde volvía a pensar quien iba querer esa literatura, quien iría a leer esos libros que él no se atrevía a leer, los libros renegados que ni donde provenían los querían tener, libros nuevos, viejos, marcados, de tapa dura con sellos de librerías sepultadas por la indiferencia de los nuevos triunfadores.


¿Qué hacer con lo que nadie quiere? se preguntaba de nuevo por la noche, era la pregunta que lo levantaba después de sufrir pesadillas, de recordar las tardes cuando una bala perdida lo dejó sin madre y una decepción sin padre, sin hermana, sin país, sin más lugar que una tierra ajena donde el anonimato era lo suficiente para sobrevivir. En esos días a Enrique le temblaba el cuerpo, no sabia si era el frio, el hambre, después de muchos fallidos intensos por calmarse caminando, sus manos cayeron sobre ellos, esos libros, acurrucados, amontonados en la mochila finalmente los abrió, se sentó en una banca en la madrugada y empezó a leer frase por frase, línea por línea con mucho esfuerzo.


No supo entender bien el primer libro y lo leyó otra vez, 4 veces hasta que descubrió el secreto del libro, quería contarlo, exclamarlo, pero no había a quien, así que habló con el libro, lo leía en voz alta, no pasó mucho hasta que la primera criatura apareció extrañada por su figura en la acera. Enrique leía en público, a voz alta, a vista de todos y algunos se acercaban, le preguntaban ¿qué libro es?, ¿qué hace?, pero Enrique solo respondía, “busco que hacer con ellos”. Fueron muchos los que buscaron los libros, uno a uno iba recayendo en manos de lectores, transeúntes que de poco conocían a Enrique, el de las preguntas raras, decían. Con su camiseta desgastada y pantalones rotos él seguía leyéndolos, oliéndolos, tocándolos, conversándoles.


Decenas fueron mermando el peso en su mochila, Enrique finalmente caminaba más erguido, más sano, un poco tambaleante, pero más seguro por las carreteras vallunas donde me lo encontré una vez. Pero una tarde lucia preocupado, con el último par de libros en mano, lloraba, exhalaba fuerte y se sobaba la cabeza, supe que lo había entendido, sentado en la banca ahora había cambiado su pregunta ¿sin literatura que podemos ser? ¿seremos entonces exiliados? ¿Qué será de mi sin estos dos que me quedan?



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