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VII Concurso del cuento corto, UNA HABITACIÓN VACÍA


                                                     “Y así regresas con tus dones mutantes a una casa de hueso. Todo lo que ves ahora, todo, es hueso”.

Eva H.D.

Habitaba esta casa una muchacha con ojos de miel. No logro recordar la primera vez que me visitó, tampoco la última vez que durmió aquí. Sólo sé que un día ella se fue y dejó su aroma por toda la casa; la cocina aún tenía sus dulces favoritos, en la sala se escuchaba el televisor sintonizando su canal preferido, pero sin duda alguna, el lugar que más me recuerda a ella es mi habitación. Cuando supe que no volvería más sus libros aún posaban en mi librero, nuestras fotos colgaban en la pared, su ropa ocupaba más de la mitad del armario. Guardé todas sus cosas con la tenue esperanza de que volviera. Con el tiempo, las arañas empezaron a tejer sus casas sobre los recuerdos. Rodaron sobre mí fríos amaneceres y solitarias noches. Muchas veces dormí abrazado a un objeto que la contuviera a ella muy adentro, en las entrañas, pero con el tiempo perdieron la esencia.

 

La maldije tanto aquellos días. La culpaba por abandonarme, la culpaba de la lluvia y de la soledad. Al caminar por la calle la gente se quedaba mirándome; notaban el rencor acumulado en mis sienes. Mis amigos al verme callado pensaban que ella me había robado las palabras, también que se asomaba de vez en cuando en mis pupilas muertas. Una noche decidí arrojar al fuego sus cartas, sus presentes, sus libros y su ropa. La llama se alimentó de ella y se hacía más grande, pero al final sólo quedaron cenizas. Me pensé liberado, ciertos días pude escuchar el canto de los pájaros.

 

Al pasar lo meses encontré una caja, contenía en su interior un collar negro que ella olvidó. No le di mucha importancia. Lo puse en mi maleta y lo arrojé a la calle mientras caminaba a la universidad. De regreso a casa, me di cuenta que podía ser el último objeto que conservaba de ella. Fui hasta el lugar donde lo había arrojado y ya no estaba. En mis sueños aún pienso que ella caminó por la misma acera, lo reconoció y lo llevó a casa con ella. Todo el camino de vuelta estuvo impregnado de una infinita intranquilidad.

 

Al llegar a casa me besó el rostro una ráfaga de viento. Me asomé al cuarto, vi la cama destendida con El Aleph entre páginas, iluminado por mi lampara azul. Observé todos aquellos objetos que solías habitar; la biblioteca con tus libros, el tablero con tus fotos, el armario con tu ropa y mi mano con la tuya. Juro ante cualquiera que he tratado de olvidar, me cuesta la vida entera, porque al entrar sólo quería verte dormida en la cama, esperándome. Sin embargo, todo lo que veo, todo, es una habitación vacía.

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