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VII Concurso del cuento corto, ACERCA DE LA IDENTIDAD

 


Se sentó en el sofá frente a la televisión. En la mesa del frente, había una pistola. Miró el reloj  en la pared; en tan solo segundos, habían transcurrido horas. ¿Desde cuándo la memoria en la  que tanto confiaba le fallaba tanto? Pudo sentir un picor en la nuca y cómo le ardía la cabeza; nunca había sentido tal cosa antes. Antes del accidente donde murieron su esposa e hija...  ¿Cuánto tiempo había pasado? Tal vez dos años o más, no le importaba. Vio el arma; era tan  tentadora. Un disparo y todo habría acabado. Un disparo y sería libre. Un disparo y todo  terminaría por fin. Tomó el arma, la movió hacia su boca; podía sentir un deseo tan grande de  que la misma fuera disparada y atravesase su cráneo como fuego purificador. No pudo  hacerlo; en el fondo, no era más que un cobarde. Pudo sentirlo como una fuerza, una marea  que parecía una especie de engrudo, se iba lentamente apoderándose de su cabeza desde el  lado derecho hasta el izquierdo. Hizo lo que pudo para contenerlo, pero no era suficiente.

Recordó aquel suceso, aquel maldito suceso. Era de noche en un camino poco transitado.  Llevaban unos días conduciendo, se habían estado turnando. Se suponía que ambos habían  descansado relativamente bien. ¿Qué pudo hacer si hubieran cambiado de turno? ¿Y si a él le  hubiera tocado por la noche? Tal vez, aquello no hubiera sucedido. No pudo evitar  recordarlo; el auto cayó por un barranco, cayó cerca de 5 metros. Estaban muertas. Solo  recordaba despertarse y pensar en su hija; tenía que ayudarla. Casi sin conciencia, entonces  miró atrás; la parte trasera del coche había sido destruida en el impacto con una roca.  Entonces lo vio, su hija, su pequeña, había sido destruida. Se desmayó. Al despertarse, le  dieron el pésame; su esposa e hija habían fallecido. No podía pensar, no podía ser cierto. Uno  esperaría que en una situación así, la persona llore, pero él no pudo. No sabía por qué no  podía, no podía llorar; quería, pero no podía. 

Los siguientes días estuvieron llenos de pesadillas, de miradas de pena dadas por las  enfermeras y de un sumido que lentamente se transformó en un dolor en el cuello y la sien.  Escuchó un sonido en el patio trasero de la cabaña y de repente, todas aquellas reflexiones se  fueron de su mente. Aunque intentase, no podía recordar en qué había estado pensando hasta  hace solo unos momentos. El sonido se intensificó. Tomó el arma y la metió en su pantalón. Caminó hasta la puerta trasera y lo vio: una sin forma, una masa negra con dos ojos en la  cara. 

El pánico le hizo correr hasta las escaleras del segundo piso. Mientras las subía, no pudo  evitar pensar que, hace unos segundos, estaba seguro de quitarse la vida. ¿Por qué huía?  Entró en la habitación y se escondió debajo de la cama como un niño pequeño. La criatura,  con una velocidad imposible para un ser de sus características, llegó a la habitación. En ese  momento, se puso el arma en la boca. Él quería morir, pero no así, no comido por una criatura  salida de quién sabe dónde. Pero en ese momento, una ira le invadió; si iba a morir, bien  podía ver a aquella criatura antes. Mientras pensaba en ello, la criatura se introdujo por un  lado de la cama hasta quedar de frente con él. Tenía ojos humanos y una masa negra informe;  de sus ojos salía un líquido rojo. 

¿Qué quieres? - preguntó con la voz temblándole mientras le apuntaba con el arma. La criatura dio un gemido y dijo: 

¿Q-qué s-soy?

 



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