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VII Concurso del cuento corto, AGUAS QUE HABLAN: UN RÍO QUE GUARDA HISTORIAS

 


Hace mucho, mucho tiempo, en el año 1880, cuando Cali era apenas una aldea abrazada por las aguas del río Cali, la vida transcurría de forma apacible. La población no alcanzaba los 18,000 habitantes, y en sus alrededores, no se vislumbraban carreteras ni automóviles modernos. En su lugar, caminos de tierra eran surcados por mulas y caballos, mientras el río Cali, sereno y dadivoso, proveía a la ciudad con sus aguas frescas y cristalinas.

Las casas de adobe se alzaban tímidamente a orillas del río, y cada gota de agua que fluía por su cauce era un tesoro invaluable para los habitantes de Cali. La corriente del río era la vida misma de la comunidad, nutria los campos circundantes y proveía de agua pura a cada hogar.

Mas, con el paso de los años, Cali creció y cambió. Los avances del progreso trajeron consigo nuevas tecnologías y una expansión urbana imparable. Las calles se llenaron de automóviles, las fábricas se alzaron y los edificios modernos se elevaron hacia el cielo, transformando la ciudad por completo.

A pesar de estos cambios, el río Cali continuó fluyendo, siendo el testigo silente de la evolución de la ciudad. Su nacimiento fue singular, pues es un río que tiene papá y mamá. Esto ocurre en el punto donde los ríos Felidia y Pichindé se funden en un abrazo mágico, cerca del Parque Nacional Natural Los Farallones de Cali.

En las profundidades de ese bosque ancestral, los ríos se encontraron en un abrazo silencioso, como si la naturaleza misma hubiera conspirado para su unión. El río Felidia aportaba calma y majestuosidad, mientras que el río Pichindé infundía energía y vitalidad. Juntos, crearon al río Cali, el latido vital de una ciudad en constante cambio.

No obstante, el progreso trajo consigo la necesidad de controlarlo. Argumentaron que era un río bravo, y construyeron diques y canales para redirigir su curso. Aunque lograron someterlo en parte, en los periodos de lluvia, su fuerza resurgía con tal bravura que se empecinaba en seguir su curso original.

El encanto de los antiguos charcos, como el del Burro, quedó atrás. A pesar de su grandeza, un letrero con las palabras "Bote su basura aquí" marcó su destino. Surgieron cambios notables en su entorno, como el Museo La Tertulia y la expansión de la Avenida Colombia.

Y así, el museo y la ciudad vivieron felices, por siempre. Bueno, hasta que se supo la verdad.

Hoy en día, Cali es una metrópolis de casi 3 millones de personas, pero muchos habitantes han olvidado su importancia. La minería y la contaminación han dejado huellas en sus aguas, pero él sigue siendo una parte esencial de la ciudad. Al parecer, él, nunca se ha opuesto a ser transformado, pero sí a ser olvidado.

La premisa persiste: la ciudad de Cali no sería completa sin el río Cali, que ha visto su historia evolucionar a lo largo de los años. En el presente, sigue fluyendo con tenacidad, recordando a todos que es parte inquebrantable de esta ciudad y que su historia merece ser reconocida y valorada.

Sin embargo, este relato está lejos de concluir aquí. En las profundidades de sus aguas y en las historias que él ha presenciado a lo largo de los siglos, hay secretos, leyendas y momentos que aún esperan ser descubiertos. El río Cali tiene mucho más que contar, y para conocer su verdadera esencia, todos deben volver a él.

Así, el río nos extiende una invitación y es: volver a sus orillas, a explorar sus aguas y a escuchar sus susurros. En cada rincón y meandro, encontrarán un pedazo de la historia de Cali que aún espera ser contado.  


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