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VII Concurso del cuento corto, OSITO DE PELUCHE

 


15 de julio de 2019

Hoy transcurren veinte años desde que se fue. Desde hace tres años tomé la tradición de escribir en esta fecha, es la forma de catarsis que encontré. Mamá partió de este mundo hace dos años sin saber de esto. “Celebrar” estas dos décadas se hace un poco difícil. A veces me llega un pequeño recuerdo de cuando ella me dijo que este día sería de las dos, que celebraríamos estar vivas y juntas. No entendí nada en aquel momento, tenía alrededor de siete años, sólo sé que días antes nos habíamos cambiado de casa y que mi padre no nos acompañó ni mi oso de peluche.


Nunca había escrito sobre “Pepe”, mi oso, mi compañero en las noches donde los gritos resonaban en la otra habitación, mi refugio cuando mamá vociferaba fuertemente: “¡Para, por favor!, ¡Por la niña, por la niña! ¡No más!”, mientras las porcelanas se rompían contra el suelo o la pared. Pensar en Pepe me hace pensar en las noches de pesadilla, no tenía que cerrar los ojos para que todos los monstruos se acomodaran en mi habitación. Eran noches sombrías; transformaban al hombre, a mi padre, en una feroz bestia. Ese era el augurio que indicaba que Pepe sería mi amuleto de la suerte.


Desde que empezó este día estoy inquieta y más nostálgica de lo habitual, es debido a que llegó un paquete en la mañana. No quiero tocarlo desde que leí su remitente: “Víctor”. Leer ese nombre ocasionó un escalofrío en todo mi cuerpo, mi corazón se aceleró inmediatamente, y aún no recobro la compostura del todo. ¿Qué puede contener esa caja? Es pequeña y liviana. Esa caja sólo consigue que reviva la última noche que vi a mi padre. 


Era pasada la medianoche y él no llegaba, nadie era capaz de conciliar el sueño. Yo estaba en el cuarto de mamá jugando con mi peluche; ella se comía las uñas. Ahora entiendo toda la angustia que cargaba. No supe en qué momento me quede dormida, sólo recuerdo ser despertada por los gritos, en mi cuarto, sin Pepe a mi lado. Los sollozos y quejas de mamá eran tan fuertes que en mi impresión todo retumbaba. Estaba petrificada frente a la puerta cerrada de mi cuarto, quería rescatar a mamá, ser su heroína, quería tener entre mis brazos a Pepe, mi guardián; en cambio escuché a mamá entre lágrimas y con la voz entrecortada gritando: “¡No! ¡Ya no puedo más! ¡Voy a llamar a Carlos! ¿Aló? ¡Carlos, no puedo con Víctor, nos va a matar! Mamá hablaba atropelladamente. En lo que mi memoria alcanza a vislumbrar, decía: “Es un infeliz, de no ser por mi niña y la forma en la que lo quiere ya me habría ido. No, Carlos, ella está dormida”. Yo lloraba en mi cuarto, desesperada pensando en que algo había hecho para despertar al monstruo que poseía a mi padre. Los gritos cesaron, pero en cambio entraba y salía gente de casa, mientras yo fingía dormir. Lo último que escuche fue a mi padre pelear con Carlos luego de eso, mis ojos hinchados no aguantaron más y dormí.


Pasaron algunos días y yo seguía sintiéndome culpable. Mi padre estuvo rondando la casa; una vez tiro una piedrecita por la ventana, la policía se lo llevó y nunca más supe de él. Lo extrañé por mucho tiempo y quise verlo, su imagen ahora es un tanto borrosa para mí, sólo logro tener presente un poquito de su voz. Escribir esto me ha dado el valor de abrir mi caja de pandora.


Estas son las últimas líneas que me permite escribir mi corazón al respecto: al abrir la caja encontré a Pepe. Estoy temblado y llorando; es como reconciliarme con esa niña que lo extrañó durante su infancia. Él se lo había llevado… debajo de Pepe hay una carta, pero yo no me atrevo a abrirla, tengo tanto miedo. Esa carta contiene tanto, que en mis manos se siente pesada. Por ahora sé que no la abriré, no estoy preparada. Han pasado veinte años y aún no estoy preparada para saber de papá.


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