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VII Concurso del cuento corto, LA FALDA AZUL

 


El filo de su falda azul se levantó con agresividad. La mano que la levantó estaba inquieta. Por esto, su piel se erizaba y sentía un frío recorrer su espalda mientras cerraba los ojos tratando de dejar su mente en blanco y de que el tiempo pasara más rápido, las sábanas, las ventanas y la opacidad de las lámparas de la habitación eran testigos de cómo el cuerpo se extendía por toda la cama.

 

Las manos volvieron a aparecer y tomaron la piel con fuerza, apretando, golpeando y halando. Cabellos empezaron a surgir y se llenaban de oscuridad, la falda ya no estaba, había sido rasgada y asesinada por esas manos, solo quedaba la piel al desnudo. El sudor bajaba por la frente de él mientras sus manos no dejaban ir la piel, la sostenía y la mantenía bajo su poder, la paz y el placer de poder elevar su cuerpo sobre otro en un baile ilícito y placentero de su mente enferma por llenar un vacío. Mientras tanto ahí estaba la inocencia, una inocencia que ya estaba perdida, que se había muerto junto con la falda y que solo había vivido diez años dentro de un cuerpo alegre.

 

La agresividad volvió a surgir, golpes, sangre y gritos recorrían la habitación. El frío se tomaba el cuerpo de ambos, la desesperación de ese pequeño cuerpo por salir y olvidar las manos encima de su piel. Las lágrimas adornaban las mejillas y la luz les daba vida frente a un rostro tomado por la desgracia, no sabía lo que pasaba, pero no era placentero. Sus manos apretaban las sábanas y la almohada tratando de omitir el dolor, pero este no desaparecía, era la hora del dolor y este no lo dejaría pasar.

 

Mientras tanto arriba suyo estaba el cuerpo enfermo y maldito de una criatura consumida por el vacío, su cuerpo lleno de sudor, sus ojos cerrados y una sonrisa de placer acompañaba cada movimiento, cada golpe, cada grito y cada lágrima. El sonido de esto lo hacía elevarse mucho más y su alma se encontraba en un paraíso, un paraíso solitario que solo podía ver él y nadie más.

 

El pequeño cuerpo quedó tendido en la cama con lágrimas secas y sangre por todos lados. Ahí había muerto la inocencia y un alma llena de vida. La criatura enferma estaba en el piso de abajo tomando una cerveza mientras suspiraba y recordaba cada segundo e instante de lo que acababa de hacer.


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