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VII Concurso del cuento corto, PSIQUIATRÍA

 



La posibilidad de existencia de los enajenados siempre ha obsesionado mi mente. Desde que  empecé a estudiar su comportamiento, un apasionamiento febril ha rodeado mi labor como  médico aquí en Bicêtre. En un comienzo, entre más los observaba, más preguntas sobre su  comportamiento y naturaleza me iban surgiendo. A veces creía responder alguna, pero esas respuestas solo me llevaban a más preguntas. Uno pensaría que después de cierto tiempo se  daría por vencido, sabría que es un conocimiento simplemente inaccesible, algo de un estado  previo a la razón; necesitaríamos un nivel de abstracción absoluto con el cual rastrear el  momento exacto en que la voluntad rechaza a la razón, desviando al sujeto hacia el camino  de las bestias. Pero mi caso no es ese. Llevo ya muchos años aquí y mis deseos de entender  solo han aumentado. Conforme pasa el tiempo, las preguntas martillan mi cabeza con más  intensidad. A veces su animalidad me exaspera, me hace estar seguro de su naturaleza bestial,  de su rechazo al ser humano. No obstante, en algunas ocasiones he llegado a ver, en los ojos  de los alienados más necios, un destello fugaz que solo se puede ver en ojos humanos, un  pequeño suspiro de pena, de misericordia y de arrepentimiento, lo cual pone siempre en duda  mi única certeza de su completa animalidad.


Por esta razón, en los últimos tiempos me he interesado en los ojos de los insensatos. No solo  tratando de rastrear ese hálito efímero de humanidad, sino para entender también la naturaleza de esas alucinaciones que dicen tener constantemente gran número de ellos. Así,  ha poco se me ocurrió la interesante idea de extirpar un ojo a alguno de estos desventurados  para estudiarlo con mayor cercanía y detenimiento. En un principio esta idea me pareció  brillantísima, pues creí que de esta manera iba a resolver de una vez por todas el enigma de  la locura. Escogí a un enajenado maníaco que lleva ya varios años internado; en un principio  era de naturaleza furiosa y decía ver sombras constantemente, con las que, según su versión,  combatía a muerte. Las sombras no han desaparecido, pero la longevidad de su mal ha  tornado su comportamiento hacia la imbecilidad, ya casi no habla ni muestra emoción alguna,  por lo cual lo consideré el sujeto idóneo para la operación.


En un camastro, amarrado de pies, brazos y cuello, acosté al susodicho. Como de costumbre,  su rostro era impasible y su respiración tranquila. Procedí a hacer presión con mis dedos  índice y pulgar de mi mano izquierda sobre las partes superior e inferior de su parpado derecho, haciendo que se abriera bien el ojo y comenzara a sobresalir de su cavidad. Después  de unos segundos, el ojo, con apariencia de irritación y completamente rojo, brotaba ya  claramente, a lo que procedí, con la ayuda de una pequeña cuchilla, a cortar los músculos a  su alrededor, que lo sostienen y le dan movimiento. La sangre brotaba ya claramente, por lo  que tuve que realizar la operación con especial atención, pues no quería lesionar en lo más  mínimo el órgano. Ya con los músculos cortados, ayudándome de un instrumento similar a  una cuchara muy pequeña, fui haciendo presión en forma de palanca para ir sacando al ojo  de su cavidad. Conforme salía, seguía cortando el tejido que lo unía por la parte de atrás, por  lo que la sangre seguía manando a borbotones. Una vez desligado el globo completamente  de su nicho, procedí a sostenerlo con los dedos y retirarlo. Su sensación era blanda, lo que lo  hacía sentir especialmente frágil. Por su parte, el paciente no mostraba ninguna emoción en  su semblante, tuvo una quietud de ultratumba durante todo el procedimiento. Una vez  concluido lo dejé al cuidado de una de las hermanas, lastimosamente murió a las pocas  semanas.


A pesar del éxito de la operación, luego de estudiar detalladamente este ojo maldito, no pude  encontrar ninguna diferencia notable en comparación con uno sano. Muy lejos de resolverse,  el enigma se engrandece con cada uno de mis descubrimientos. Este experimento deja en  evidencia una vez más que la locura no corresponde a una condición física, sino a una  corrupción esencial del espíritu.

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