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VIII concurso del cuento corto, EN BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN

 EN BÚSQUEDA DE LA PERFECCIÓN


En algún momento existió un escritor que quería ser el mejor, “soy el mejor”, se repetía para sí todas las noches. Pero al disponerse a escribir, siempre había algo que le incomodaba, las frases que lograba hilar le disgustaban, sentía que no hacían fiel representación de su llama interior. Era un asiduo lector, devorar libros enteros era su pasión: Shakespeare, Cervantes, Dostoievski, todos tenían algo en común, había una misma luz que los hacía genios, atemporales, visionarios del principio universal. Estaba dispuesto a sacrificar hasta lo último para encontrar la receta mágica, aquello que los  volvía grandes y distinguibles.

Pero no había caso. Lo que escribía un día lo eliminaba al día siguiente, las historias que se figuraba no lograban conectar con su sentir más profundo. “La literatura se hace con el corazón” no paraba de decirse. Intentaba escribir con copas de más, sobre líneas de cocaína y frascos de metanfetamina. En el acto más ardiente de la excitación sexual, cuando galopaba sobre dos montañas en dirección al infinito, solía poner sobre un papel las frases que se le ocurrían. Cuando las lágrimas de dolor existencial aparecían, se daba a la tarea de describir las olas de desesperación que atravesaban la proa del barco. En la meditación de la mañana cuando sentía que no había aliento superior a la tranquilidad de la nada, se vio confundido cuando trató de extraerle palabras. El resultado siempre era el mismo, todas las combinaciones léxicas y sintácticas le resultaban fútiles. En realidad, había nula satisfacción en el oficio que tanto decía amar y preservar, “Con estas oraciones jamás seré el mejor, puedo dar mucho más. Mucho más.” 

Una noche, cansado por otra vez dejar las páginas en blanco, y al borde del llanto y la impotencia, le acometió un instante de lucidez. Dejó de pensar en la pulcritud de sus letras, y en un ataque de frenesí maniática, sus dedos se estiraron, sus tendones se rasgaron y comenzaron a escribir. Una prosa poética, un raudo discurrir, las palabras emanaban como una lluvia explosiva de emociones, en hipnotizante melodía y autopoiesis destructiva, rimbombante, locuaz. Se dio cuenta de lo brillante de las frases, no las releía pero sabía que eran brillantes. “El instinto poético”, pensó, “Ha surgido en mí el instinto poético”, y siguió escribiendo, más rápido y más ligero.

 De sus dedos brotaba una luz dorada fundiéndose en el ritmo metafísico de su alma. “He aquí el mejor de los escritores que ha nacido jamás”, pero cuando pensó aquello último, una idea se interpuso haciendo retumbar su universo particular. “¿Cuál es la receta?”, “¿Qué es lo que me hace el mejor? y profundizando, yendo a la búsqueda de la receta misteriosa, se encontró leyendo lo que había escrito, con la esperanza de encontrar las claves de su genialidad. Pero hecho esto, se dio cuenta que en realidad su prosa era más bien sosa y presuntuosa, que copiaba torpemente los modelos de otros escritores eminentes, y que aportaba poco más que redundancia pueril.

No había manera. Si un hombre dedicaba su cuerpo y alma a la empresa de la imaginación verbal y fracasaba, ¿Qué honor había en no superar a los antepasados? ¿En ser inferior a su legado? Se dio la vuelta y se percató de su librería en donde sobresalía una copia del Aleph de Borges. “Uno de los puntos en el espacio que contiene todos los puntos”, recordó. En una sucesión infinita de palabras, un orden aleatorio encuentra un códice que lo cohesiona. En medio de la oscuridad las estrellas brillan; la semilla florece y el niño se hace hombre. El fracaso y la desilusión son parte del proceso, “Los que decimos ahora mejores escritores, también sintieron lo mismo.”

Recuperó la calma. Se levantó y guardó la pistola en la estantería donde reposaba su colección de libros. Una glock 19 que había comprado en el mercado negro para situaciones como estas. Enseguida mandó a llamar a su mujer, la desnudó y sonrió por el placer que sentiría al corroborar su nueva idea desde otro punto de vista. No había tiempo que desperdiciar. Una boquilla de fusil resplandecía desde la oscuridad con la mirada atenta de Edgar Allan Poe.





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