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VIII concurso del cuento, LA VERDAD QUE DICEN LAS GRULLAS

 La verdad que dicen las grullas


Cuando la naturaleza empezó a corroer la vida: la lluvia se volvió enemiga, y no me quedó más que esconderme en la dicha de la espesura vegetal que me sirvió de refugio, donde me guarecía de la hostilidad del cielo que cada vez destruía más el mundo y me acurrucaba entre las extensiones de mi cuerpo famélico: dándome calor y un baluarte de amor, por si el arbusto crepitaba ante el llamado de la muerte. Y cuando los cumulonimbos terminaron de azotar con su fuego líquido y asesinar a los señores del bosque, fui salvado por la suerte de que unos y otros cayeran encima, sin llegar a aplastarme, sirviendo de protección para el frágil búnker.

Al tiempo, me aventuré esforzadamente con mis pobres alas de hueso a una altura desde la cual se pudiera divisar el horizonte infinito, no conocía mi pretensión, pero, al final cuando llegué, solo intenté imaginar al dios que me había abandonado. Y de repente en el horizonte apareció el destello efímero que se fue completamente sin desaparecer porque su estallido retumbo hasta el aire mismo y con él se erigió la nube fúngica. Con lo atónito de mi mente frente al fenómeno destructor descendió mi lágrima y de la misma forma también divisé los cuerpos alados que lo hacían de las altas nubes, aquellos seres eran las grullas. Hace mucho tiempo que en el bosque se dijo que las grullas ya no existían, pero allí estaban, yo era el destinado testigo de ver su regreso.

Fui curioso pese a todo el mal del mundo y me aventuré a seguirlas: entraron a una cueva y descendieron y yo furtivamente atrás de ellas, y el vasto lugar era un humedal subterráneo en el que yacían los últimos bastimentos para la vida. Lo que sentí bajo mi esmirriado y hambriento cuerpo fue la desesperación de querer tomar un poco de los privilegios de aquel humedal, y eso le ganó a mi prudencia y temor sobre cómo podrían reaccionar las grullas, entonces, impelido con el mayor brío que mi instinto pudiese otorgarme, fui y colisioné mi pico en el humedal tratando de alcanzar tanta agua e insectos que mi suerte pudiera arrebatar. Las grullas notaron mi presencia, pero, pese a mi creencia inicial, no pareció importarles como para acercarse a matarme, al contrario, fui yo quien se acercó. Cuando las vi de cerca noté que estaban perturbadas y agotadas, como si hubiesen visto un gran horror, tal vez una verdad para la que mi mente no estaba preparada.

Pero ante el limbo de nuestra compañía, decidí preguntar.

— ¿Qué ha sucedido?

La grulla más lejana a mí respondió.

— La naturaleza sigue su curso, se destruye para poder recomponerse al daño que la humanidad ha causado con los gases de sus máquinas, pero esto superará nuestro tiempo, el de todos.

Pensativo ante lo que dijo la grulla pregunté de nuevo.

¿Ese asunto es lo que las perturba así?

— No. — Respondió una grulla inmersa en el humedal— Vimos algo terrorífico más allá del valle mortal: encontramos seres humanos que se atrapan y se hacen todo tipo de mal.

— En una piedra ataron a una mujer y marcaron símbolos en sus extremidades y cabeza; a un caballo lo abrieron desde el vientre hasta el pecho, metieron a la mujer allí y luego los demás humanos gritando hicieron un círculo del cual rápidamente brotó un árbol que perforó al caballo y a la mujer.

— ¿Y qué pasó después? —Inquirí perplejo—

La grulla más cercana a mí llorando respondió.

— Del pie del árbol se abrió una puerta, del árbol salió otro caballo, uno pequeño, pero con un cuerno. Un unicornio, dijeron que era —Añadió tácitamente una grulla que me daba la espalda— Y gentilmente se acercó a cada uno de los seres humanos y se acarició con ellos, sin embargo, no esperamos lo que sucedió después.

— El unicornio se fue a dormir debajo del árbol, y los seres humanos comenzaron a asesinarse hasta que solo quedó uno. Entonces, este fue hasta el unicornio para abrazarlo de frente, aunque su cuello fuera perforado por aquel cuerno puntiagudo, y cuando el humano murió, el unicornio empezó a devorarlo, y al final... se volvió un ser humano.




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