Ir al contenido principal

VIII concurso del cuento corto, Mañana nunca llegó


Mañana nunca llegó


Ese día empezó como cualquier otro. El café, listo, humeante, esperando en la mesa. La taza amarilla con punticos, la del niño de la casa. Los huevos revueltos, llenos de madrugada, con tocineta, ¿o era esa salchicha picante?, la Americana, la que ya no venden. Qué cagada, discontinuada. No más, lo bueno ni dura. Al menos el café seguía oliendo rico.

—Váyase al colegio — dice esa voz trasnochada de siempre. Afuera, tu primo, en la azulita, vieja, pero firme, la que era del papá. Suzuki, japonesa, esas salen finas. Siempre preguntándole si podés. A veces sí, a veces no. El manubrio, anchísimo, como para darse con todo. Hoy, solo un rato.

Llegaron en nada, los pelados afuera, esperando el timbre. Medio bañados, medio despiertos, con las jetas frías, pálidas. Con los trabajos hechos: el sistema solar, bolas de icopor girando, un fincho puesto en alambre y pintura chimba. Vos no llevaste el tuyo. Lo dejaste tirado. ¿Olvidado? No. Lo hiciste adrede, que se notara el abandono.

De nuevo, en el comedor quedó el 1.0, rojo, grandísimo. — Por irresponsable, culicagado —, escuchaste inmediatamente. — Solo tenés que estudiar, ni mierda más —. Ni un sonido, a los mayores no se les contesta.

Estás arriba, y lo mismo. Tu cuarto, el chiquero, donde ponés musiquita en inglés, así no entendás un culo. Sonaba, matando el vacío. Un libro gringo abierto, que apenas empezabas a leer, te perdías. — Le voy a subir —, el regaño vendría en tres, dos, uno... — Dejá tu escándalo —.

El silencio, pesado como acostumbra, duró poco. Luego, gritos. Hijueputazos colados por la rendija entre el piso y la puerta. — Pa ́ qué hablar así —. Vos en el escritorio, el de siempre, clarito, todo picho, el tuyo. Ahí estuvo el computador, hasta que lo dañaste cacharreando. Lo que tocás, lo rompés. Lo roto se cambia. Asus es bueno.

Inmamable el calor en esta pocilga. Las tejas de Zinc son más calientes. No salías a ningún lado. Nada. Apartado de todo. De los amigos, del colegio, de la vida. Todo quedaba demasiado lejos. Ya ni te importaba. Mejor quedarse quieto, que no te vieran, que nadie te hablara. — ¿Alistó el horario? — Cuidado con lo que hacés. No vas a dar de hablar, ¿para que después le llegue a tu cucha?

Y entonces apareció. Esa cosa. Una vaina rara, con círculos, con puntos, flotando por ahí. Se te metió en la cabeza, no salió más. No era una visión; era algo más pesado, más denso: una nube. Se te hospedó como esas canciones que descubrías, que tarareabas. Te quedaste mirándola, ella lo hacía de vuelta. Ninguno hizo nada. ¿Ya se conocían? Eso, hágase el güevón.

Continuaba ahí. Adonde vos ibas, te escoltaba. No te dejaba en paz. Cambiaba, se hacía distinta, como si ella misma no supiera qué quería ser, toma formas sin tener alguna. Cada vez se volvía más oscura. El olor a limpio del principio, ahora era hediondo, puro gris, olía a mierda, a desgracia. Vos ya no solamente la pillabas, la llevabas adentro. Se te pegó, no hay forma de soltarla.

Quisiste concentrarte en las tareas, era inútil. Lo que quedaba era esa vaina en tu cabeza. La habías dejado entrar, le diste confianza, y te tomó el brazo entero. Te llenaba los huecos, el vacío que ya estaba ahí, de nada, haciéndolos enormes. Estando quieto, se le siente menos, y ves gente batallar con ella.

Te preguntaste por qué dejaste que te atrapara. ¿Quién la había invitado a este desorden, para dejarte roto y arrepentido? Pocos se curan. — Todo es tu culpa. Nadie te exige, ni te presiona — Eso era peor. Te toca hacerlo solo, y preferís crisparte, como un gato paniqueado.

Más e indistintos días. Ibas al colegio, volvías a casa, los gritos, el ruido. — Mañana es diferente —, te repetías. Pura mentira. No ibas a hacer nada distinto. La vida era eso. No es más. No esperés rescate, esta fosa te pertenece.

Quedaste perdido en lo encarnado, lleno de lo que ya no estaba, desapareciendo, igual que todo lo demás. Con ese olorcito y más días como cualquier otro... Son las once de la mañana, y no te has parado. La nube te sirvió el desayuno, tragá.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Concurso Cuento corto: LA NEGRA CARLOTA

LA NEGRA CARLOTA Ahí viene! La negra Carlota que se pasea por la plaza, los chicos se vuelven locos por su cintura y su cadera. Pero mira que no ven lo que lleva por dentro, se siente triste, absolutamente sola, denigrada y sin dignidad aluna. Por qué todos los días, tiene que salir a vender su cuerpo, para poder mantener a sus ocho hijos. MARIA CUENTO

Carta al desamor: "Te extraño"

Te extraño (Autora: Martina) <<Me duele pensar que todo es pasajero, me duele aceptarlo, y en esa misma lógica, aceptar que un día te irás, seguirás tu vida y tendrás muchas risas sin mí, al lado de alguien que no esté tan remendado>> Recuerdo muy bien el momento en que leí eso. Cuando lo hice me di cuenta de que te amaba más de lo que antes creía hacerlo, añoré estar a tu lado en esos momentos y que lo hubieras dicho mirándome a los ojos; te habría abrazado tan fuerte como nunca lo hice y te habría besado como siempre quisiste que lo hiciera; te habría hecho sentir que para mí nunca iba a haber alguien más, que pasaba mis días con el temor de perderte, que a medida que compartíamos nuestros días y nuestras vidas, aunque fuera por momentos, empezaba a querer compartir contigo el resto de mis días, empezaba a querer entregarte toda mi vida, y ser completamente devota a ti. No debí hacerlo. Lo sé. Pero es imposible controlar lo que sientes y hacia quien lo...

Concurso de Cuento corto: La Paz se hace letra 20.17: LA ARAÑA QUE NO SABÍA TEJER LA TELARAÑA

LA ARAÑA QUE NO SABÍA TEJER LA TELARAÑA “ Un montón de circunstancias, me presionaron a elegir; cuenta me di entonces que empezaba a vivir” Cuentan los insectos que hace tiempo vivió una araña que dizque no sabía tejer su telaraña, porque según era muy testaruda, le decían “la araña sorda” a pesar de que oía, pero no escuchaba. Que era tan flaca como un asterisco puesto que llevaba una obligatoria dieta en lugares con muy pocos insectos de su gusto. Las arañas viejas, los caracoles, los gusanos, las grandes hormigas, intentaban aconsejarla de que buscara un lugar digno de su especie para llevar la dieta que se merecen las buenas arañas y sobre todo que aprender a tejer; pero ésta se negaba a escuchar y presuntuosamente les contestaba: “¿Qué van a saber ustedes de cómo tiene que vivir una araña como yo? ¿Acaso ignoran que la naturaleza me ha dotado con el instinto de cazadora?”, al parecer, era ella que no comprendía quién ignoraba tal asunto. Es tanto, que una...