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Quinto Concurso de Cuento Corto: El fin de la gravedad

 

Autor Billy Bob Thornton

 

Ayer, dos niños miraban un balón suspendido en medio del aire. Danielel más inquieto de los dos quería observar qué tan alto podía llegar una pelota; en vez de lanzarla, la estalló en el piso con las dos manos. El balón rebotó: llegado el punto de un posible retorno, se quedó paralizado en medio del cielo, tapando el sol.

 

Al principio los niños sintieron que el balón seguía subiendo. Pero entonces se movieron y desde otro ángulo Cristianel otro niño pudo observar que el balón, en efecto, estaba quieto bajo el azul celeste. Daniel se empezó a reír, pero Cristian sintió temor. Nunca, en sus siete años de vida, había tenido noticia de algo semejante: las cosas que se tiran al aire bajan de forma natural, o eso pensaba, cuando Daniel cogió otro balón de fútbol y repitió el mismo proceso, unos metros más allá. El segundo balón también quedó suspendido y Cristian empezó a llorar. Horrorizado huyó a su casa como si un demonio invisible estuviera sosteniendo las cosas en el aire. Daniel no se molestó en perseguirlo porque siguió lanzando objetos.

 

Más tarde, Daniel escuchó a su padre anunciar que el viaje a la costa se aplazaba, por ahora. El infante protestó en un berrinche muy justificado y el padre trató por todos los medios de exponer razones: no hay avión que nos lleve. El padre se dio cuenta que tratar de explicar la situación era un fracaso, entonces dejó al pobre niño llorando en medio de la sala. Su madre lo acostó, secándole las lágrimas con el reverso de su camisa.


—Como ya estamos en vacaciones, ¿podemos ir al circo mamá? ¿Al menos?


   —No, a ese tampoco podemos ir.


—¿Por queeeeeeeeeeeeeee?

   —Porque están cerrados respondió la madre, apretando             los    dientes.


—¿Pero y por queeeeeeeeeeeeeeeeeeeeee?

 

—Porque los trapecistas están en huelga, mi amor. Quieren garantías para volver a su trabajo sin correr riesgos. El señor del cañón se quedó atascado. Y el payaso no puede recuperar los bolos dijo la madre con cierta desesperación que ocultaba ya un pequeño tic en el labio.


Daniel iba a preguntar algo más punzante pero no se atrevió. Cansado de jugar todo el día, empezó a sentir que la voz de su madre lo arrullaba de manera tenue, hasta que ella empezó a subir la voz y a hablar más rápido, como una licuadora defectuosa. La madre se quejaba con dolor: bastante tengo con la vida y su trajín diario para que me vengan a decir, como anuncio de profeta: no podés ir al mar, los ahorros de un año se perdieron. Esto de lidiar con un esposo inútil y un niño hiperactivo tiene sus desventajas; para rematar, Dios me castiga con el fin del mundo, así decía el pastor en el culto: el cielo se ha cerrado, como un ascensor varado en el penúltimo piso. Así las cosas, Daniel, te dormís ya, no sea que Dios me siga lapidando, ahora solo falta que te tirés del balcón y te quedés volando para siempre: te juro que si vos con tu escándalo me despertás en medio de la noche voy yo misma y cojo el carro y nos tiramos de un barranco a ver si por fin te quedás quieto.



Tras el monólogo, Daniel dejó a su madre descansar. Fue a su cuarto, pero no cerró los ojos ni un segundo. Ya en la madrugada, Daniel esperó a que todos en la casa durmieran. Salió a la calle: en el cielo brillaban luces con decenas de aviones y helicópteros, puestos como una pegatina en el vidrio celeste. La gente empezó a tirar la basura hacia arriba: el cielo era el destino para casi cualquier cosa que pudiese ser lanzada. Hojas, latas, bolsas, madera, carbón, llantas, todo parecía incrustado en un lugar debajo de las nubes. En la madrugada, Daniel sacó su cometa del garaje y en medio de la noche la puso en el cielo para siempre.




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