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Quinto Concurso de Cuento Corto: LA HIJA DE NADIE

 

La espesa neblina de aquel día aun ocultaba los glotones cuerpos de los árboles y solo dejaba entrever algunas copas. Don Artemio, el corregidor del municipio, había recibido una llamada a eso de la madrugada, aun sin poder pensar claramente y articulando difícilmente palabra se incorporó de trancazo de su cama y se vistió. La fiesta patronal había sido esa noche y el rezago había durado hasta la madrugada, así que solo consiguió comunicarse con uno de sus alguaciles.


 

Empezaron a caminar habiendo que dispersar la neblina con las manos. Sobre un tronco seco encontraron sentado a don Franco R., el guardabosques, meditabundo y pasivo. Casi que ido. Y el cadáver reposaba a pocos metros de distancia, reposaba sobre la hierba cubierta de un frio glaciar. Parecía refrigerado con freón. Una estrategia de preservación que quien sabe cuántos días mantuvo a la muerta excelsa, sin mancha alguna. Su cabello empezaba a brillar con algunos ínfimos rayos de luz que batallaban para filtrarse a través de la bruma opaca. Era una pelirroja encantadora. Quizá la mujer más bella. Sus manos eran mudras cambiantes y sus ojos dormilones no sugerían angustia, solo el frio cuerpo la delataba de la muerte. Ningún signo de violencia encima, ni uno solo para creer que había sido terrenal.


 

Decidieron pues, llevarla en brazos hasta el pueblo. Seguramente la pobre niña necesitaba un poco de calor. Durante el recorrido se hizo tan menuda que sus piernas pronto dejaron de colgar y pesaba más el conjunto en jean que se había quedado sin un cuerpo al que vestir. Parecía ser una tortuga oculta en su caparazón textil. Eran casi las 7 am, la neblina se había dispersado y con ella el rumor de la muerta. Se aproximaban al pueblo y la turba de gente era visible. En efecto, estaban ansiosos por conocer a la forastera. Estaban seguros que nadie del pueblo lloraría a esa muerta, en las casas todos estaban completos. Creyeron los religiosos que era una santa, así que propusieron que mientras aparecían sus familiares, fuera velada en la humilde capilla construida al frente de la escuela del corregimiento, mientras los incrédulos se mofaban de pensar en un aquelarre.


 

Pasaron 23 días y la causa de su muerte seguía siendo un misterio. La muerte y la vida porque su familia tampoco aparecía a pesar de que en toda la región se hablara de lo sucedido. Mientras, ella parecía volar enajenada y el pueblo también. En el transcurso de aquellos días muchos insectos polinizadores habían llegado hasta el cuerpo porque expelía olor a flores. Con estos indicios se empezó a pensar que realmente pudiera hacer milagros. Se esfumó la idea de que tuviera familia y se promulgó en misa dominical que los peregrinos debían diezmar en beneficio de la pelirroja para poder constatar el milagro. Y así se hacía. Cada piadoso que acudía, debía llevar consigo cualquier centavo, muy pronto los habitantes del pueblo también empezaron a hacerlo.


 

Cada semana el corregidor municipal y sus ayudadores cerraban las puertas del templo para acicalar a la bella, le ponían ornamentos caros encima de su ajuar de jean bota campana y le perforaron las orejas para colgarle unos pendientes de oro. Esto era todo un ritual disfrutable de principio a fin. Esencias de flores recorrían todo el lugar y el vino consagrado no se hacía esperar. Bailaban y bebían después de cada sesión de arreglos al altar.


 

Pero uno de esos días estropearon el cuerpo y la mesita que lo sostenía sucumbió. La pelirroja excelsa estaba de bruces y una tenue, pero reveladora, iluminación recorrió el cadáver centrándose en un pequeño segmento de piel que quedaba al descubierto. Una forma redondeada dibujada con tinta les erizó la piel. El tatuaje era minimalista y tierno. Pero solo revelaba una cosa: aquella muerta debía enterrarse para siempre. Aquella muerta si era terrenal.


Urkunina


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