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Quinto Concurso de Cuento Corto: Llamado

 


                                            Por: Raghava Ram

 

No sé si pasó como voy a contarlo, los recuerdos de la niñez siempre están mezclados con alucinaciones — o imaginación, como quieran llamarlo—, pero definitivamente se sintió y aún se siente de esa manera. Era navidad en el año dos mil algo y estaba pasando el rato con uno de mis amigos de la infancia. Estábamos aburridos porque éramos los únicos afuera, puede que los otros niños estuvieran castigados o haciendo tareas, quién sabe, pero no teníamos ganas de jugar, así que empezamos a pasear por el barrio. Caminamos algunas cuadras hasta llegar al parqueadero donde a ambos nos habían enseñado a montar bicicleta. Era de noche porque recuerdo que, cuando lo vi, brillaba como si fuera de madrugada y todos los postes de luz estuvieran apagados. Desde lejos se podía ver y sentir su gloria. Cuando mi amigo narra la historia dice que estaba atardeciendo y que apenas ocupaba un cuarto del área del parqueadero, pero yo estoy seguro de que ya era de noche y que ocupaba más bien la mitad. Quizá su magnificencia me hacía verlo más grande, como les digo, problemas de la memoria; sin embargo, a pesar de las diferencias perceptivas, ambos estábamos maravillados.

 

Nos habíamos topado con un pesebre todo poderoso y cuando digo todo poderoso me refiero a que la experiencia de mirarlo era un llamamiento divino. Pero el llamado no respondía a la idea de un brillante y ostentoso pesebre de barrio, este era distinto, contrastaba con los arreglos navideños tradicionales. Estaba hecho de madera trabajada a mano: los personajes del nacimiento, las casas, las ovejas, los camellos, las vacas, todo meticulosamente elaborado y organizado en un escenario de paja y madera rústica, libre de ese excéntrico papel brillante que abunda en navidad. No tenía ríos ni montañas, tampoco prados o árboles, ni ningún color distinto al de la madera o al del ámbar de las luces que la decoraba. Me sentía contemplando un altar antiguo, listo para recibir ofrendas, y no una decoración navideña de barrio. Y en ese estado contemplativo me mantuve quién sabe cuántos minutos, con la nariz escurriendo y las orejas quemando, como cuando se come algo muy picante o caliente. Quería ofrecerme, pertenecer a él, pero decidí hacer lo contrario: llevarlo conmigo.

 

Con una determinación ajena — porque mi voluntad ya no era mía—, caminé hacia él y comencé a llenarme los bolsillos con figuras de madera y bombillos de luces. Mi amigo cuenta que reaccionó enseguida y empezó a gritarme que parara, pero yo no recuerdo oír nada, no podía por el calor en las orejas. Él pensaba — y aún piensa — que yo estaba haciendo algo malo, y hasta ahora sigo sin entender por qué, ¿es el deseo de estar más cerca de lo divino un pecado? Cuando terminé de llenar mis bolsillos la sensación de ardor se había ido y pero no escuchaba a mi amigo, sino los bramidos de una mujer de mediana edad que se dirigía hacia nosotros. No entendía nada de lo que decía, pero sabía que debíamos correr. Atravesamos el parqueadero, las cuadras que lo rodeaban, pasamos el parque donde jugábamos fútbol ocasionalmente e incluso nos separamos para confundirla, pero cada vez que volvíamos la mirada ahí seguía ella, manteniendo el paso a pesar de su edad y decidida a restaurar su altar profanado. No tardó mucho en alcanzar a uno de nosotros. No a mí, por supuesto, creo que si mi amigo hubiera tomado algo del pesebre habría podido escapar; yo tenía a Dios en mi bolsillo, estaba protegido, celestialmente protegido.

 

Lo tuvo cautivo durante casi una hora y yo podía oír desde la otra manzana cómo lo torturaba, lo insultaba, como lo hacía suplicar perdón. Después de un rato lo dejó ir, no sin hacerle prometer que me encontraría y me haría devolver lo que había “robado”. Él sigue pensando que la mujer tenía razón, que yo profané su altar, pero no entiende que fue Dios mismo quien me habló ese día; yo, en cambio, sí entiendo que unas fés son más débiles que otras. Tuve que devolver las figuras y disculparme con la señora, pero desde entonces sé que estoy protegido.



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