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Quinto Concurso de Cuento Corto: Las fotogénicas

 


El niño llora y llora en la casa de las fotogénicas. Habitan los tres pisos de una casa sin alma por la que ya han pasado lavaperros y cristianos de moto. Aprovechan la tarde soleada para extender sábanas con estampados infantiles en las barandas del balcón, único en la cuadra de clones del nuevo sur de Cali. La música no descansa, excepto quizá después del medio día, cuando todos nos echamos a morir. A la hora del café dos peladitos salen al ostentoso balcón del tercer piso. Ambos usan camiseta negra de Adidas. Han puesto una pista de fondo, y uno de ellos comienza a grabar freestyle. Los ventanales de techo a piso que separan los balcones del interior se mantienen abiertos, sin cortinas, exaltando el fin de la privacidad en la moderna economía habitacional.


 

Mientras en el tercer piso se piensan la producción, repitiendo tomas y agarrándose la entrepierna de vez en cuando, en el segundo piso se asoma el niño de unos dos años al balcón. Las fotogénicas gritan que ya le dijeron, que quiubo pues. Por el mismo ventanal se asoma una de las jovencitas; apenas supera los dieciocho, como todos los de la casa. Anda en top y chorcitos, pelo indio hasta la cintura, descalza y recién bañada todo el tiempo. En una esquina de la reja han colgado tres ganchos con calzones y brasieres coloridos. Entre las ligeras piezas resalta por su brillo satinado una pijama rojo escarlata. El niño llega al tercer piso. Uno de los tres muchachos sienta al niño en un sillón y vuelve afuera. Tiene rapados ambos lados de la cabeza y la cresta desteñida de rubio. Parecen no decidirse en la actitud correcta frente a la cámara, y se empujan en signo de camaradería como jóvenes babuinos.



El sol oculto tras las nubes tropicales aumenta el sopor de la tarde y se refleja opaco sobre las baldosas que recubren la casa. Su trasteo fue breve, su inauguración inolvidable: cuatro días de carrilera, reggaeton y salsa hasta la madrugada. Reciben múltiples visitas (aún en cuarentena) de otros peladitos en moto, que preguntan que si está Laura, que espere me asomo. Se hablan a gritos porque en silencio no se gana protagonismo. Las muchachitas, muy dueñas de sí, salen cogiditas de la mano. Caminan sin voltear, saboreando un bombón rojo, mostrando un poquito de nalga, dejando a su paso el aire altivo de la energía sexual al fin reconocida. Ahora están en el primer piso, inagotables. Uno de los muchachos, uno nuevo, pasa un cepillo repetidas veces por la cabeza de la jovencita de top, como una caricia a su vanidad. Invocada por mi descripción, se asoma por el balcón del segundo piso hacia abajo, prendida de la reja, absorta con su pelo. Regresa adentro para seguirse acicalando frente al espejo. -Ian-, llama al niño. Como no le hace caso, se pierde en el interior.


 

Las nubes se tiñen de rosa y amarillo, y las aves hacen su aparición vespertina para despedirse del día. Apenas asoma una repentina calma en la cuadra, cuando algún vecino pasa con su perro hacia el parque, para que cumpla su sagrado derecho a cagar. Como en la cuadra hay más perros que personas, los neuróticos animales saludan cual coro de Bremen, queriendo salir de esas rejas de una vez y para siempre. Los de unas casas a la derecha salen con tal ferocidad hacia el parque, que bien podrían tirar una carreta con la gruesa dueña encima, que los “educa” a punta de alaridos. ¡Ya le dije, Kira! ¿Para dónde va? Ah… no hace caso, eh niña. ¡Kiiiiira!



El niño hace nuevamente su aparición, y el movimiento de todos de piso a piso y a través de los balcones casi parece un montaje teatral. Ian llora, son las 6:15 e Ian llora. A sus berrinches responden los gritos de las muchachas. La música sigue, el freestyle, la tontería.

 

-miuvig


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